Lo maravilloso y lo grotesco
Uno de los temas más constantes a lo largo del Bestiario de Indias es el asombro. En cada página, Gonzalo Fernández de Oviedo muestra una mezcla de sorpresa, emoción, miedo o curiosidad frente a los animales y fenómenos que observa o escucha mencionar. Para él y para sus lectores europeos, América era un continente lleno de maravillas. Pero también estaba lleno de cosas grotescas, raras, distintas, que rompían con la forma en que ellos creían que el mundo debía funcionar. Este asombro no era inocente. Formaba parte de una forma de mirar al mundo que ayudaba a justificar la conquista.
Cuando los europeos llegaron al Nuevo Mundo, se encontraron con un entorno natural que no estaba en sus libros. Había animales enormes que no conocían, plantas con propiedades extrañas, y fenómenos naturales que no podían explicar. En lugar de intentar comprenderlos desde una lógica diferente, lo que hicieron fue etiquetarlos como “maravillosos” o “monstruosos”. Todo lo que no encajaba con sus ideas era colocado en esas dos categorías. Así, los animales pasaban a ser parte de un espectáculo que servía para confirmar que América era un lugar sorprendente, pero también salvaje.
Oviedo, como cronista, sabía que su público en España quería escuchar cosas impresionantes. Por eso, en su Bestiario, muchas veces exagera los detalles o les da un toque fantástico. Habla, por ejemplo, de reptiles que parecen dragones, de peces que parecen cantar, de aves que tienen comportamientos casi mágicos. Esto no solo aumentaba la emoción del lector, sino que también reforzaba la idea de que el continente recién descubierto era diferente, y por eso necesitaba ser estudiado, controlado y conquistado.
Esta forma de ver al mundo mezclaba lo científico con lo emocional. Oviedo no escribía como un simple observador neutral, sino que dejaba ver su sorpresa, su juicio y, muchas veces, su desprecio. Lo “maravilloso” no era siempre positivo. Muchas veces también tenía algo de oscuro, de peligroso, de incontrolable. Por eso, lo maravilloso y lo grotesco caminaban de la mano. Un animal que despertaba curiosidad también podía despertar miedo. Y si causaba miedo, entonces se justificaba capturarlo, matarlo o eliminarlo.
Otro punto importante es que esta manera de mirar también se extendía a las personas. El asombro ante lo diferente se trasladaba del animal al indígena. Si los animales eran extraños, los hombres y mujeres que vivían en ese entorno también lo eran. Así, los pueblos originarios fueron vistos como parte de ese “mundo salvaje”, y no como seres humanos con sus propias culturas. Esa mirada deshumanizante también estaba teñida de asombro: los europeos hablaban del color de piel, de la manera de hablar, de los rituales, como si fueran curiosidades de una feria, no partes de una civilización completa.
El Bestiario nos muestra, entonces, que el asombro puede ser una forma de poder. Cuando Europa se maravillaba con América, no lo hacía con respeto. Lo hacía desde arriba, desde una posición que convertía al otro en objeto de estudio, en rareza. Lo maravilloso no abría puertas a la igualdad, sino que justificaba la diferencia. El animal raro, la planta extraña, el indígena “curioso”, todos quedaban atrapados en ese tipo de mirada.
Revisar ese asombro hoy nos permite entender cómo se construyeron muchas ideas equivocadas sobre América. También nos muestra que, aunque el interés por lo distinto puede parecer positivo, no lo es si se usa para separar, para mirar desde la distancia o para imponer reglas. El conocimiento nace del respeto, no solo de la sorpresa. Y eso es algo que el Bestiario no siempre tuvo.