Animales con “buena” o “mala” conducta
En el Bestiario de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo describe a los animales del Nuevo Mundo no solo desde una perspectiva física, sino también desde su comportamiento. Muchos de los seres que aparecen en su obra no están simplemente representados como criaturas naturales, sino como portadores de una carga moral. Oviedo los presenta como obedientes o desordenados, fieles o infieles, valientes o cobardes, útiles o inútiles. Esta forma de caracterizarlos no es casual, sino que responde a una antigua tradición europea que asignaba significados simbólicos a los animales.
Desde la Edad Media, los bestiarios europeos no solo se usaban para conocer la naturaleza, sino también para enseñar valores a partir del comportamiento de los animales. Por ejemplo, el león era visto como símbolo de nobleza, la paloma como símbolo de pureza, y el zorro como sinónimo de astucia. En este tipo de textos, cada animal representaba una lección para el lector. Esta tradición, cargada de moralismo, no desapareció con la llegada del Renacimiento, sino que siguió presente en obras como la de Oviedo, quien traslada ese mismo enfoque a las especies americanas que descubre o escucha mencionar.
La consecuencia directa de esta forma de representar a los animales es que se construye una jerarquía moral que separa a los seres “buenos” de los “malos”, no por lo que son, sino por lo que hacen o por cómo reaccionan ante la presencia humana. Por ejemplo, si un animal puede ser domesticado, si es útil para la alimentación o si coopera con el hombre, se le considera positivo. Pero si es agresivo, escurridizo, ruidoso o simplemente no sirve para algún fin práctico, es descrito como malvado, traicionero o sucio. Esto refleja una visión muy centrada en el ser humano, donde la naturaleza se evalúa según su utilidad y no por su valor propio.
Esta mirada también lleva a que el mundo natural sea dividido en categorías morales impuestas desde la cultura europea. En vez de observar la vida animal como parte de un ecosistema complejo y autónomo, Oviedo la filtra a través de su propia experiencia y formación. Los animales que viven en libertad, sin control humano, son sospechosos. Los que huyen del hombre o no se dejan ver fácilmente son descritos como desconfiados o incluso diabólicos. De este modo, el comportamiento animal deja de ser una cuestión biológica para convertirse en una señal ética. Lo que es salvaje o misterioso se interpreta como peligroso; lo que es domesticable y obediente, como correcto y digno de conservarse.
Más allá de los animales, este tipo de narración también tiene implicaciones sobre la manera en que los europeos veían a los habitantes originarios de América. Aunque en el Bestiario no se habla directamente de personas, es claro que muchos de los juicios morales aplicados a los animales terminan proyectándose sobre los pueblos indígenas. Al describir animales como ladrones, sucios o impulsivos, se insinúa que ese entorno salvaje también forma el carácter de quienes viven en él. De esta forma, la animalización se convierte en una estrategia indirecta para justificar la superioridad del europeo frente al “otro” americano.
La relación entre animal, moral y colonización se vuelve aún más evidente cuando se observa qué tipo de animales recibe descripciones positivas. No es casualidad que los animales útiles para la colonización sean los más valorados. Oviedo admira a los que proporcionan carne comestible, pieles valiosas o fuerza de trabajo. Todo animal que pueda ser integrado al sistema productivo colonial es visto como deseable. En cambio, aquellos que no se pueden controlar o cuya utilidad no es inmediata son tratados con desprecio. Así, el conocimiento zoológico se mezcla con una lógica económica que pone a la naturaleza al servicio del proyecto imperial.
Este enfoque utilitarista y moralizante también impide una verdadera comprensión del entorno natural americano. En lugar de estudiar a los animales en su hábitat o intentar entender su papel ecológico, Oviedo los juzga desde fuera, desde su cultura y su moral. Eso limita la posibilidad de conocer y respetar la diversidad de formas de vida. Más que aprender del Nuevo Mundo, su misión parece ser adaptarlo a las ideas del viejo continente.
Actualmente, la biología moderna reconoce que los animales no son buenos ni malos. Su comportamiento está guiado por la adaptación, el instinto y la supervivencia, no por ideas de bondad o maldad. Pero en tiempos de Oviedo, esa distinción no era clara. Los autores aún usaban el lenguaje religioso y moral para describir el mundo, y eso afectaba profundamente la manera en que se entendía la realidad.
El Bestiario de Indias es, por tanto, un documento que habla tanto de los animales como de los valores de su autor. A través de sus descripciones, vemos cómo se construía un imaginario colonial que no solo dominaba con armas, sino también con relatos. Cada animal era una oportunidad para reafirmar la idea de que Europa era el centro del mundo, y que todo lo demás debía evaluarse desde esa mirada.
Releer este texto desde el presente permite ver con claridad cuánto influyen los prejuicios culturales en la forma en que las personas entienden lo que no conocen. Al transformar a los animales en símbolos morales, Oviedo no solo describe la fauna americana, sino que también modela una forma de justificar la conquista, de ordenar lo desconocido y de establecer quién merece mandar y quién debe obedecer.